El menosprecio social hacia los frikis

David Donaire | Opinión

cultura friki

Con motivo de la llegada de la esperadísima nueva entrega de Star Wars, hemos visto cómo en el día de su estreno las salas de cine se llenaban de fans disfrazados de los personajes de la saga. Incluso los más famosos no pudieron resistirse y se pintaron la cara para mostrar sin complejos su fervor hacia El despertar de la fuerza. Con el tiempo, ya hemos asimilado esta práctica pintoresca como algo habitual. Aun así, cuando vemos por la tele o por Facebook imágenes de aficionados vestidos de esa guisa todavía son muchos los que comparten el manido pensamiento de «Por Dios, ¡qué frikis!», llevando implícita una clara connotación negativa.

Parece mentira, pero ver disfrazado a alguien que siente verdadero entusiasmo por una película, un videojuego o un cómic despierta un sentimiento despectivo en otra persona que lo ve desde fuera. Es cierto que ha habido una evolución a mejor en la aceptación social de los frikis, pero hoy en día aún hay gente que asocia a esta palabra una carga innecesaria de menosprecio.

Si acudimos a la RAE -una acción muy recomendable para salir de dudas en estos casos- para ver exactamente cómo los definen, observamos que ser friki lleva aparejada la extravagancia. Cualidad entendible, pues la mayoría de frikis son gente muy peculiar y podemos decir obran de una forma poco común al del resto. Y no hay nada de malo en ello, a mi juicio.

friki

Entonces ¿por qué cuando alguien le dice a otro que es friki le atribuye maliciosamente ese retintín despreciativo? De hecho, cuántas veces habremos oído utilizar ese vocablo como insulto, con claro ánimo de ofender. En cierta manera todos estamos de acuerdo en que ser friki entraña ser un poco rarito. La propia RAE lo recalca en sus dos primeras acepciones. Pero de ahí a considerar que, por diferir a lo establecido como ordinario, un friki debe ser menospreciado, creo que hay un abismo.

Si nos atenemos tal cual a la definición que ofrece la tercera entrada, nos damos cuenta que un seguidor acérrimo de un equipo de fútbol que va a verlo al estadio cada partido y lleva la camiseta, la bufanda y hasta la cara pintada del club con el que simpatiza también entraría dentro de esta acepción. Con la RAE en la mano, a esta persona también podría considerársela como un friki, ¿no? Sin embargo, comúnmente solo utilizamos esta palabra cuando la afición del friki está vinculada a los videojuegos, los cómics o las películas.

Desde la irrupción de esta subcultura, el friki siempre ha estado envuelto en multitud estereotipos y tópicos. Si hacemos caso a los rasgos y las cualidades que le han atribuido la televisión a este colectivo, la descripción que obtendríamos de un friki -casi esperpéntica- sería la siguiente: una persona que no se preocupa por su físico -u oronda o tirillas, no suele haber término medio-, con acné, miope, fea, muy poco sociable, solitaria, huraña, inmadura, infantil, experta en la afición que profesa y que pasa horas y horas delante del ordenador o leyendo cómics. Ahí es nada. Si tuviéramos que poner cara a todos los ingredientes de esta coctelera, seguro que nos vendría a la mente la imagen del chico tan utilizada por los memes cuando quieren hacer referencia a un friki.

Dos conocidos personajes de series televisivas muy queridos por el público han ayudado a humanizar y descaricaturizar a los frikis. Steve Urkel, el vecino más pesado e insoportable de Cosas de casa, proyectaba una imagen no del todo favorable de la cultura friki. Entrometido, cansino y aburrido, conseguía ganarse el apoyo de la familia, pero prácticamente era motivo de vergüenza y todos se reían de él. Una concepción que logró cambiar años después Sheldon Cooper. El excéntrico y maniático protagonista de The Big Bang Theory consiguió a través de sus puntillosos comentarios que la audiencia se riera con él, no de él. Y, aunque era pedante y repelente como él solo, difícilmente era posible no cogerle cariño a este personaje.

La interesante tesis doctoral sobre la cultura friki elaborada por la socióloga Cristina Martínez aporta claves muy reveladoras sobre esta cultura. Este pionero trabajo de investigación -el primero que se lleva a cabo en España- pone de manifiesto que más del 65% de los que se identifican como frikis en nuestro país tienen entre 20 y 39 años, ya que es un movimiento social reciente, que está en auge gracias a la democratización de la cultura.

Digo que la cultura friki es un movimiento social y no una tribu urbana, porque, tal como defiende la autora del estudio, esta comunidad acoge otras subculturas como épicos, geeks, nerds y otakus. Pero todas tienen un rasgo en común, que tal vez sea la explicación de ese menosprecio que suscitan en buena parte de la sociedad. Y no es otro que a la impopularidad de sus gustos y su grado de apasionamiento. Porque en el fondo que un adulto lea Harry Potter aún no está bien visto.

El frikismo, como la mayoría de subculturas, no está exento de desigualdades de género. Aunque cada vez hay más mujeres que abrazan este «modo de vida», el 60% de los frikis son hombres. «Si eres una chica y ves a una tienda de cómics acompañada de un chico, puedes dar por hecho que el dependiente se dirigirá solo a él», explica por experiencia propia la socióloga.

En conclusión, la gente puede considerarte friki si te gusta ver Naruto en japonés y si no dejas pasar ningún festival de cosplay para lucir orgulloso lo bien que te queda tu traje de soldado del Imperio. Lo entiendo. Pero que por el simple hecho de «practicar desmesuradamente una afición» menosprecien a alguien sí que me parece algo fuera de lugar y ciertamente discriminatorio. Yo, por ejemplo, me considero un friki del fútbol. Cada jornada paso horas y horas viendo partidos o escuchándolos por la radio. Y bien orgulloso que estoy de ello. Así que, permitamos que cada uno invierta su tiempo en lo que buenamente quiera y dejemos de juzgar los intereses de la gente por muy extravagantes que sean. ¡¡Larga vida a los frikis!!

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