Las lagunas de la Cumbre de París

Francesca De Cata | Opinión 

El pasado sábado 12 de diciembre, tras una larga noche de reuniones y negociaciones, la Cumbre del Clima celebrada en París logró presentar el texto final del acuerdo contra el cambio climático. El documento, en el que han participado 195 países de alrededor del mundo, representa el primer pacto vinculante para poner fin, de una vez por todas, al calentamiento global.

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Por primer vez en la historia, se ha conseguido llegar a un consenso entre los diferentes estados que han participado en el compromiso. De este modo, el acuerdo ha sido calificado como «el primer pacto universal contra el calentamiento global».

La principal meta que se ha fijado en el escrito es que no se superen los dos grados centígrados de la temperatura media del planeta. Para cumplir la medida establecida, las casi 200 naciones que han aceptado el acuerdo deberán reducir las emisiones que envían a la atmósfera. En el interior del documento no solo se marca el límite de los dos grados, sino que se recomienda mantenerse dentro del 1,5º C. Aun así, se especifica que las regiones más desarrolladas deberán realizar un mayor esfuerzo y destinar más recursos económicos que los países pobres para impedir que se agrave la situación climática. De esta forma, parece que se apuesta por desarrollar un plan contra el cambio climático sustentado en la equidad.

Otro de los puntos destacados en el artículo son los mecanismos de revisión a los que será sometida la evolución de los compromisos aceptados por los diferentes estados. En 2023 los territorios deberán presentar un balance de los resultados obtenidos en materia de reducción de emisiones y, a partir de entonces, se realizarán verificaciones cada cinco años.

Una cuestión que resulta relevante es que las cláusulas que constituyen el acuerdo están sujetas a la obligación y cumplimiento por parte de todas aquellas regiones que se hayan adherido a la propuesta. Este hecho presenta una innovación frente a pasados planteamientos que se han desarrollado con el objetivo de hacer frente a la problemática.

A primera vista, los aspectos que plantea el texto presentado en la Cumbre Mundial del Clima pueden parecer un gran avance y un importante logro en el escenario climático, pues frente al desastre del Protocolo de Kioto y al fracaso de los anteriores congresos, la aprobación de este documento se presenta como la mejor resolución. De este modo, gran parte de la población puede considerar que el pacto sellado en París representa una solución real para frenar el calentamiento del planeta.

Pese a los cambios que presenta en comparación a otras negociaciones climáticas, el acuerdo de la COP21 presenta importantes lagunas. Asimismo, algunas cuestiones son poco específicas y no acaban de estar del todo detalladas. Lo anteriormente expuesto podría dar lugar a que las naciones no cumplan estrictamente las acciones a las que se han comprometido.

En este sentido, la Cumbre se ha marcado un objetivo obligado demasiado ambicioso; la propuesta de mantener la temperatura terrestre bajo los 1,5 grados resulta complicada, pues las acciones adoptadas por las naciones deberían ser muy severas. Para poder cumplirla se debería reducir al mínimo la actividad de las industrias de combustibles fósiles, debido a que  son las principales causantes de la situación actual. Y, evidentemente, los gobiernos no impondrán una regulación de dichas empresas, ya que generan gran parte de la riqueza de los países.

Por otro lado, el planteamiento establece un periodo de tiempo demasiado amplio, pues el cambio climático representa, a día de hoy, una de las mayores y más preocupantes amenazas ambientales. Asimismo, este mismo año la temperatura de la esfera ya se encuentra en 0,9 grados, un dato que ya está provocando graves efectos. La disminución de los recursos naturales, la contaminación acuática, la polución, el deshielo de los glaciares y los gases de efecto invernadero constituyen las principales consecuencias del maltrato al medio ambiente.

Así pues, desde mi punto de vista, creo que el acuerdo actual habría funcionado en tiempos pasados, cuando el grado de contaminación era menor, pero en esto últimos años la actividad de las industrias de combustibles fósiles se ha incrementado notablemente y estas grandes corporaciones se han expandido alrededor del mundo. Frente a esta situación, se precisa de una solución mucho más estricta que dé lugar a una acción contundente en el ámbito climático y que produzca resultados auténticos, cambios efectivos.

No solo son los países los que deberían actuar, las empresas extractivas deberían ser las primeras en adoptar estas prácticas de reducción. Naomi Klein, autora del libro Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el cambio climático, resaltó en un tuit que a lo largo de todo el acuerdo de la COP21 no se nombra en ningún momento los conceptos «combustibles fósiles», «petróleo» y «carbón». De este modo queda patente que las corporaciones privadas quedan al margen del pacto y que sus actividades no serán reguladas de forma severa, cuando son las principales causantes de la situación que vivimos hoy en día.

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Naomi Klein denuncia la ausencia de ciertos conceptos clave en la Cumbre. | Fuente: @NaomiAKlein

Respecto a la obligación y cumplimiento del pacto, este, sobre el papel, es vinculante, por lo que los países participantes han de cumplir lo que han aceptado. Aun así, hay quienes destacan ciertas carencias en este asunto. Oscar Reyes en el artículo Seven Wrinkles in the Paris Climate Deal (Siete problemas del Pacto Climático de París) publicado en Foreing Policy In Focus apunta que «lo único que un país ha de cumplir según las obligaciones marcadas por el Pacto de París es volver en 2023 (y cada cinco años después de eso) y decir que mejorarán un poco más. Esta situación puede dar lugar a que algunos países no actúen y cumplan con lo establecido y por lo tanto, otros pueden tomarlo como excusa para frenar sus acciones o reducciones».

En cierto modo, el texto final aprobado en París puede actuar como barrera del movimiento contra el cambio climático, pues los países pueden conformarse con las promesas y compromisos que han adoptado y no intentar ir más allá. Frente a esta situación, Klein, destaca que para que haya resultados pragmáticos positivos en torno a la situación climática se precisa de una acción desde la base, de un movimiento de masas que realmente luche por un mundo mejor.

Tras analizar los aspectos más relevantes del pacto del clima y destacar las principales lagunas surgen numerosas preguntas: ¿se logrará cumplir el objetivo de los dos grados?, ¿las naciones cumplirán de forma estricta las cláusulas?, ¿se ayudará a los países en vías de desarrollo?, ¿la desigualdad entre el norte y el sur se reducirá? ¿se quedará en una simple propuesta?, ¿el documento es una mera declaración de intenciones?, ¿volverá a ser un fracaso como las anteriores negociaciones?, ¿se impondrán los beneficios económicos a la salud de los humanos?, ¿se impondrá el ansia de dinero y poder al bienestar del planeta? Lo sabremos en 2023.

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