El machismo descuidado que profesa la RAE

David Donaire | Opinión

Si hace unas semanas mi querido compañero Jose Luis publicaba una entrada de opinión analizando la discriminación con claros tintes xenófobos que destilaba el Diccionario de la Real Academia Española hacia determinados colectivos minoritarios, ahora voy a intentar «cerrar el círculo» poniendo el foco en otro colectivo que en líneas generales tampoco sale del todo bien parado en las definiciones que ofrece. Y no es otro que las mujeres, las cuales quedan prácticamente retratadas como unas subalternas que están supeditadas a la voluntad del hombre. Esta muestra de desconsideración hacia la figura femenina ha provocado aluviones de críticas contra la RAE y son muchos los que la catalogan como una institución machista y desfasada.

Aunque es cierto que con el tiempo ha ido avanzando en el terreno de la igualdad y subsanando errores para intentar reducir la distancia sideral que siempre ha manifestado entre hombres y mujeres, aún queda mucho por hacer. Parafraseando a Ofa Bezunartea, María del Mar García y Ana Rodríguez, autoras del estudio La mujer como cargo y como fuente en la escrita. La paridad no llega a las noticias, la RAE ha exhibido por antonomasia un mundo desproporcionadamente masculinizado, donde a los hombres se les asocia con cualidades positivas mientras que las mujeres llevan aparejadas rasgos bastante negativos.

Dejando a un lado la polémica de emplear el género gramatical masculino para englobar a los dos sexos («los alumnos», «los ciudadanos») o el uso de la palabra «hombre» para referirse también a la mujer  («en el paleolítico el hombre se alimentaba de…»), quiero centrarme en dos dimensiones menos conocidas que me parecen aún más irrespetuosas con la mujer. Si esta primera tendencia estaba relacionada con el silenciamiento de la voz femenina, las dos tipologías que voy a abordar manifiestan un claro menosprecio hacia su figura.

La primera es los duales aparentes, una serie de palabras que, en función del género gramatical en que estén, adquieren un significado diametralmente distinto. Los ejemplos hablan por sí solos.

FULANO: Persona indeterminada, cuyo nombre se ignora o no se quiere expresar

FULANA: Prostituta

ZORRO: Persona muy taimada, astuta y solapada

ZORRA: Prostituta

INDIVIDUO: Persona cuyo nombre y condición se ignoran o no se quieren decir

INDIVIDUA: Mujer despreciable

GOBERNANTE: Persona que se mete a gobernar algo

GOBERNANTA: Mujer que en los grandes hoteles tiene a su cargo el servicio de un piso en lo tocante a limpieza de habitaciones, conservación del mobiliario, alfombras y demás enseres

VERDULERO: Persona que vende verduras

VERDULERA: Mujer descarada y ordinaria

Más fragrante es todavía cuando buscamos «hombre» y «mujer» y nos fijamos en el listado de aposiciones que protagonizan. Al hombre se le vincula con un campo semántico con cualidades como ser valeroso, conciliador, caballeroso o gentil, sin ninguna carga despectiva. La mujer, en cambio, granjea un significado bastante más peyorativo. De las diez aposiciones en las que aparece la palabra «mujer», cuatro significan «prostituta» de nuevo.

HOMBRE PÚBLICO: Hombre que tiene presencia e influjo en la vida social.

HOMBRE DE LA CALLE: Persona normal y corriente.

MUJER DE LA CALLE: Prostituta

MUJER DEL PARTIDO: Prostituta

MUJER MUNDANA: Prostituta

MUJER PÚBLICA: Prostituta

Por no decir que «mujer fatal» es aquella que ejerce sobre los hombres una atracción irresistible, pudiéndoles acarrear un fin desgraciado.

Si con esta ristra de definiciones ya nos podemos hacer una ligera idea de la falta de paridad más que evidente de la que adolece la RAE, los vacíos léxicos ayudarán a reforzar mi tesis. Son vocablos que solo tienen un género y, como era de esperar, los que no tienen femenino designan cualidades positivas vinculadas a los hombres, mientras que aquellas palabras que no tienen masculino llevan implícitas una carga negativa.

A las pruebas me remito. Ejemplos de palabras sin género femenino:

CABALLEROSO: (Dicho de un hombre) Que se comporta con distinción, nobleza y generosidad.

HOMBRÍA: Cualidad buena y destacada de hombre, especialmente la entereza o el valor.

PROHOMBRE: Hombre de personalidad muy destacada, que goza de gran consideración.

En cambio, en aquellas que no tienen masculino las connotaciones cambian ostensiblemente y no dejan en muy buen lugar a la mujer:

ARPÍA: 1. Mujer aviesa. 2. Mujer muy fea.

VÍBORA: Mujer con malas intenciones.

MARUJA: Ama de casa sin dedicación profesional a otras actividades

NINFÓMANA: Mujer con una apetencia sexual insaciable.

BRUJA: 1. Mujer malvada. 2. Mujer de aspecto repulsivo.

PANDORGA: Mujer muy gorda y pesada, o floja en sus acciones.

TARASCA: Mujer temible o denigrada por su agresividad, fealdad, desaseo o excesiva desvergüenza.

NARRIA: Mujer gruesa y pesada, que se mueve con dificultad.

CALLONCA: Mujer jamona, gruesa, que ha pasado de la juventud.

Para no aburrir más, esto son solo unos pocos de la larga lista de ejemplos de vacíos léxicos que demuestran una vez más el abismo que hay en el tratamiento que se le concede a la mujer y al hombre. Hasta coloquialmente vemos atisbos de prevalencia de los rasgos masculinos. Cuando nos referimos a algo estupendo o magnífico decimos que es «cojonudo», pero cuando aludimos a una cosa latosa o insoportable es un «coñazo».

El novelista británico Aldous Huxley decía que las palabras tienen un efecto mágico. No en el sentido de hechizar ni encandilar que suponían los magos, sino por la forma en que influyen en la mente de quienes las usan. La RAE debería seguir encarecidamente este consejo. No es de recibo que una institución de semejante prestigio y solera, en pleno siglo XXI, siga anclada en el pasado y proyecte una imagen de mujer que no se adecúa a los tiempos que corren. Debería corregir y enmendar muchas acepciones que la colocan en un papel claramente inferior al del hombre, el cual siempre parece que está inmaculado. Le atañen un rol denigrante y despreciativo que merece una revisión inmediata. Es inconcebible que la mujer lleve asociada una carga negativa de ese calado, donde «prostituta» y «persona no muy de fiar» sean las definiciones que más se repiten. Desde su estatus, la RAE tendría que dar un paso adelante y apostar por una renovación de su contenido con el objetivo de lograr una mayor igualdad. Porque en el fondo, si todos nos lo tomamos en serio y estamos por la labor, no es tan utópico lograr un lenguaje libre de sexismos.

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