Machismo en el banquillo

7779811440_corinne-diacre-en-aout-2014Rafael Escrig | Opinión

Quería hacer historia con el Clermont, había dicho. Y la hizo. Corinne Diacre llegaba al equipo francés entre polémicas. Entre el enigma de un club que acababa de anunciar una entrenadora que nunca entrenó, Helena Costa. Y donde nunca hubo mujeres, en días aparecieron dos. Diacre hizo historia, sí. Lo hizo porque consiguió ser la primera mujer entrenadora de un equipo profesional de fútbol en Francia. Algo que no debería ser noticia. Algo que debería haberlo sido ya, hace años, desde que entendimos que el fútbol no tiene sexo ni edad ni razones y que también se puede ser niña y mancharse de barro las zapatillas de deporte y romperse las medias en el patio del colegio, persiguiendo una pelota.

Antes de Corinne Diacre, a Helena no le dejaron entrenar. Le dejaron dentro de los despachos, papeles de por medio y un contrato. Fuera, insultos. Radicales entraron en las instalaciones del club a quejarse del fichaje. Una mujer entrenando a un equipo de hombres, qué tontería, debió pensar alguno que pasaba por allí. Helena quiso ser entrenadora y no un títere. No una excusa para salir en los medios, no un motivo de felicitación por la iniciativa, por la igualdad. Pero a la entrenadora no preguntaron por los fichajes, nadie le pidió opinión. En los despachos sólo querían una foto y un titular para hacer historia. Y Helena quería ser entrenadora. Y los dejó allí, con contrato, con papeles, pero sin ella.

Cuando llegó Diacre a sustituir a Costa no era la primera en sujetar una pizarra y dar órdenes demostrando que el fútbol no entiende de sexos. Antes que ella, Caroline Morace entrenó a un club de tercera división en Italia, en 1999. Sin cambiar de país pero sí el material de la pelota: Elena Groposila entrenó un equipo de balonmano masculino y Audrey Zitter lideraba sobre los Diablos Rojos de Montpellier. Y se llenaron las portadas de noticias que no debieron ser noticia. La rutina debería no ser noticia. Y las mujeres en los banquillos deberían ser rutina.

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Una rutina que llega poco a poco, que nos sorprende como si no fuese esto el siglo veinte, como si no tuviésemos los despachos llenos y cuando aún alguno se atreve a volver del pasado perdiendo la razón. Y creyendo llevarla. Algunos que deberían ser padres, maridos o hermanos. Él, ese aficionado que en el partido de la Segunda División Andaluza Senior que disputaron en Granada el CD Abes y Gabia CF hace unas semanas, entró al terreno de juego, bajó sus pantalones e “intenta dar con su pene a la asistente, sacándoselo previamente”, recogía el acta. Una locura donde algunos creen estar cuerdos.

Otros lo están y se le toma por locos. Fueron los tenistas españoles los que no quisieron a Gala León como capitana de la Davis y se les tachó de machistas. Un machismo que nunca hubo  pero que quisieron hacer ver. No vale la exclusión pero tampoco la inclusión a la fuerza. Sí la meritocracia, sí demostrar que también se puede, igual o mejor, sin importar cómo te llames o quién seas o si eres hombre o mujer. Pero no aprovechar la tendencia, no exigir la igualdad para entrar donde no te corresponde, donde no encajas. Eso le ocurrió a Gala León: quiso entrar donde nadie quiso que entrase. Salvo ella y aquellos que la llevaron de la mano a la puerta. Pero no se puede liderar a un equipo si el equipo no cree en el líder. Y menos si el líder no cree en el equipo. Y Gala no creyó pero tampoco creyeron en ella. Pero quiso tener la razón, esconderse tras lo ruin de rechazar a alguien “por ser mujer” y querer quedarse, a la fuerza, en un ejercicio de cabezonería casi obligado y en un “no nos moverán” basado en el género, sin pies ni cabeza.

Pero no era cuestión de sexos. No lo fue cuando los mismos que cerraban las puertas las abrían de par en par a Conchita Martínez con un luminoso de neones de “bienvenida a casa”. De bienvenida al tenis. Conchita asumió el reto, se sentó en el banquillo, organizó un equipo y los llevó a competir. Con el espíritu de unión que necesitan los equipos. Una unión que, una vez más, no es cuestión de sexos, sí de pasión y conocimientos. Sin excusas. Conchita cerró el episodio del machismo en el tenis y abrió el del juego, las celebraciones, el que debería haber sido protagonista para siempre. Cuestión de carácter y de pasión, no de género.

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Ya han dejado de asustar los banquillos, los vestuarios, los tabúes. Ellas también ganan partidos, también celebran goles, sudan, cantan victorias y descorchan botella de champagne. Ellas lideran grandes empresas, dirigen hospitales y gobiernos. Y ahora también banquillos. Se han deshecho las diferencias y sólo queda gritar. Gritar que salgan ahí, que demuestren que ellas también saben cómo dibujar en la pizarra la jugada perfecta, que saben diseñar el esquema del gol y gritar que salgan ahí, que corran, que muevan el culo y que marquen. Porque el deporte no entiende de géneros, sólo de pasión.

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